La
fotografía de estudio
es un mundo aparte.
Esto es evidente, no es lo mismo
sacar fotos a un grifo que a
una modelo, o si fotografiamos
a una modelo, no es lo mismo
hacerlo para vender una chaqueta
que para "vender"
su propia imagen. Hacer
fotografía de estudio
- y esta no tiene que estar
necesariamente hecha en un
estudio - no es nada fácil.
Puede parecerlo, ya que teóricamente
se dispone de un control total
de la luz. Sin embargo, tener
el control no significa saberla
aprovechar.
Para tratar de arrojar luz
- nunca mejor dicho - sobre
esta disciplina que es la
fotografía de estudio,
vamos a ver qué se
debe hacer cuando es uno mismo
el que aprieta el botón,
coloca las luces y se enfrenta
a toda una modelo profesional.
Un ejercicio ilustrativo cuyo
aleccionamiento puede serle
útil a todo aquel que
desee adentrarse en este tipo
de fotografía, sea
cual sea el o la modelo que
pose ante el objetivo.
Cabe tener presente, en primer
lugar, que este tipo de sesiones
son un tanto complicadas,
sobre todo cuando nuestra
"víctima"
no cuenta con mucha experiencia.
Cuando el fotógrafo
acuerda la realización
de la sesión, lo habitual
-o al menos lo recomendable-
es saber cuál es la
finalidad de esa sesión
y con quién se va a
trabajar.
Obviamente, no es lo mismo
fotografiar a una modelo profesional
o a una actriz.
Un primer paso es conocer
a la modelo o, como mínimo,
tener claro quién es,
cómo es y qué
se puede sacar de ella; si
le va a sentar mejor la luz
dura, por ejemplo, o si será
preferible usar luz plana.
Es inútil, por ejemplo,
utilizar un ventilador si
la modelo en cuestión
lleva el pelo corto, o contar
con la presencia de ciertas
mascotas si les tiene pánico
o alergia.
La improvisación, en
estos casos, es necesario
administrarla con cuentagotas
para dejar en manos de la
providencia solo los más
insignificantes detalles.
Una vez hechos los deberes,
cuando llegue la modelo hay
que romper el hielo. No es
llegar y disparar: hay que
establecer una complicidad
con ella. Si no hay un plan
previo, no hay foto, y si
no hay complicidad, tampoco.
En función de los flashes
o luces de que dispongamos
y de la complejidad de nuestro
esquema de iluminación,
podremos colocar todo el material
mientras la modelo se cambia
y maquilla, o bien tenerlo
ya previamente preparado.
En todo caso, es importante
no hacerla esperar.
A la hora de colocar las luces,
se ha de tener presente el
aire que se le quiere dar
a la foto. Una luz plana y
blanda es útil para
catálogos de moda,
por ejemplo. Este tipo de
luz se utiliza para rellenar
zonas oscuras, sin que surjan
sombras adicionales, aunque
tiende a aplanar el cuerpo
y a dejarlo carente de volumen.
Se corre el riesgo, en suma,
de ofrecer una imagen visualmente
aburrida.
La luz dura, por el contrario,
es una luz nada difusa y muy
direccional. Resalta la textura
de los objetos y los contornos
de la superficie y es muy
útil cuando queremos
iluminar sólo una zona
sin que la luz se expanda.
Los inconvenientes de la luz
dura son diversos. Para empezar,
un ángulo de incidencia
de la luz inadecuado puede
arruinar la escena. Éste
sería el caso de una
luz dura demasiado contrapicada
para una foto romántica,
por ejemplo.
Además, es fácil
que existan zonas que queden
sin iluminar, o que se formen
sombras antiestéticas
-la típica foto del
flash integrado-.
Combinaciones luminosas hay
en número casi infinito
y depende de la habilidad
del fotógrafo dar con
la adecuada. Un bodegón
no se agota si probamos mil
tipos de luz, pero una modelo,
sí. Si no tenemos claro
el esquema de luces, mal irá
nuestra sesión.
En las luces también
hay que pensar a la hora de
dotar a las escenas de "ambiente".
Un naranja cálido ofrecerá
una imagen más acogedora,
mientras que una dominante
azul imprimirá agresividad.
Este paso puede realizarse
en el postprocesado digital,
pero no está de más
tenerlo en cuenta antes de
disparar.
Por último, debemos
tener presente la comodidad
de todos y cada uno de los
que participan en la sesión.
Las luces dan calor, pero
un posado en traje de baño
puede ser una gélida
experiencia. Encontrar la
temperatura idónea
es vital, porque tanto si
nos pasamos por exceso como
por defecto, puede que nuestra
modelo no se sienta cómoda.
Una vez logrado el ambiente
ideal, es hora de comenzar
la sesión. Hay que
asegurarse de que la modelo
sepa, qué queremos
hacer y lo que esperamos de
ella; una vez logrados nuestros
objetivos básicos,
ya tendremos tiempo de experimentar.
La sesión ha de constar
de una serie de indicaciones
previas, máxime si
la modelo es novata.
Se le debe decir qué
es lo que se va a hacer, escuchar
qué es lo que ella
quiere y cómo se va
a conseguir plasmar todo esto
en una foto.
Hay que indicarle también
algunos pequeños truquillos
para que no se aprecien ciertos
detalles -llamémosles-
antiestéticos, aunque
ocultar los defectos y resaltar
las virtudes es la máxima
responsabilidad del fotógrafo.
No hay malos lados , sino
malos fotógrafos.
A partir de aquí todo
queda ya en manos del fotógrafo
y en su forma de llevar a
la modelo.
No hay que limitarse a decir
"muévete",
sino que debe indicarse cómo
ha de moverse, cuándo
ha de pararse, cómo
tiene que mirar y hacia dónde.
Es el fotógrafo quien
decide, no la modelo. Si la
modelo intuye que el fotógrafo
no sabe lo qué hace,
se acabará el juego.
Sólo las modelos con
experiencia saben explotar
su imagen; una modelo novata,
por el contrario, estará
perdida sin la tutela de quien
maneja la cámara.
Improvisar -decíamos-,
lo justo. A veces, sin embargo,
es inevitable. No todos disponemos
de flashes de repuesto, y
éstos se averían.
Otras veces encontramos que
el lugar en el que tomaremos
las fotos es muy soso o, simplemente,
incompatible con nuestros
propósitos. |